Cuando la brisa acarició su cara sintió que de verdad comenzaba una vida nueva. Ya ni siquiera le dolía el labio con la herida aún tierna, la mano de su hijo de tres años apretando la suya era todo lo que necesitaba para doblar la esquina y dejar atrás años de insultos, patadas y vejaciones.
Cada paso que daba era una victoria que abría una rendija cada vez más profunda en la cárcel del miedo en la que estaba encerrada desde hacía una década. Él había ido poniendo los barrotes poco a poco. Primero llegaron las miradas de desprecio. Pronto añadió insultos y desprecios que se mezclaban con las risas y buenas palabras que a cambio regalaba a vecinos y amigos. Más tiempo tardó en pasar a las bofetadas, pero después de la primera ya no hubo vuelta atrás.
Siempre prometía que no volvería a pasar, que era ella quien le enfadaba y le obligaba a comportarse así. Pero ahora la mirada de su hijo le recordaba que tenía derecho a vivir, que tenía derecho a despertar cada mañana sin miedo y que tenía derecho a dejar de temblar cada noche cuando él se acercaba en la cama. Aún le quedaba mucho camino por recorrer, pero no estaba dispuesta a que nadie frenara su carrera hacia la libertad.
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