¿Quién da más?

Los humanos somos raros. Seguro que ya lo he puesto más de una vez en este blog porque cada día estoy más convencida de ello, pero es que a veces me sigo sorprendiendo de las cosas que somos capaces de hacer. Una de nuestras esencias desde que nacemos es competir. El afán de medirnos con los demás ha dado lugar a grandes guerras a lo largo de la historia y, en su versión más lúdica, a espectaculares acontecimientos como las Olimpiadas. Pero no sólo competimos a estos grandes niveles, también existen esas mini luchas en el trabajo por ver quién queda mejor ante el jefe, con los vecinos por quién tiene mejor coche o pone las cortinas más bonitas o en las celebraciones familiares por quién lleva el mejor vestido.

Pero la versión más absurda de este hecho son las competiciones que se celebran en fiestas de todo el mundo para descubrir al humano capaz de comer más hamburguesas, beber más agua, pasar más tiempo haciendo el pino con la camiseta de Camela puesta o dar volteretas atado por el tobillo a su pareja.

El problema viene cuando nos pasamos de la raya y nos morimos. Así. Ya está. Hace unas semanas conocimos que el ruso Vladimir Ladyzhenskiy sufrió un colapso tras pasar seis minutos dentro de una cabina de sauna a una temperatura de 110 grados centígrados, y ayer leí que se ha muerto un peruano por una intoxicación etílica en un concurso al más bebedor. El premio eran 150 soles (unos 50 dólares) al que aguantara más tragos de una bebida preparada con aguardiente. Hernando Lorenzo ganó el concurso al ser capaz de ingerir 13 vasos de la bebida, pero poco después murió en su casa incapaz de soportarlo. No sé el precio de los sepelios en Perú, pero seguro que los 50 dólares no dieron para todos los gastos fúnebres.

¿Por qué nos sometemos a esas pruebas que nos ponen al límite? Es divertido competir con los demás y ponernos a prueba, pero a lo mejor se nos está yendo un poquitín de las manos. Aunque conociéndonos, seguro que seguimos inventándonos nuevas pruebas, como bajar en monopatín las escaleras de un rascacielos o clavarnos agujas en los ojos. Y luego nos sorprenderemos de quedarnos ciegos, claro.

[p_PalC]

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