Flema japonesa

El terremoto y posterior tsunami de Japón están teniendo consecuencias espeluznantes, pero ahora la vista internacional está puesta más allá de las víctimas del movimiento de tierras y las olas y se centra en el peligro nuclear que amenaza sin disimulos.

El asunto de la energía nuclear siempre ha estado presente en nuestras vidas, pero lo veíamos como algo lejano, un peligro del que se hablaba pero al que nunca creíamos que íbamos a tener que enfrentarnos. Es cierto que ahí estaba Chernóbil y sus niños que nos visitaban algunos veranos, pero los rusos son diferentes y a saber qué hicieron para que les explotara la central.

Sin embargo, ahora vemos que no somos inmortales y les ha tocado a los japoneses. Es verdad que no son occidentales, pero les vemos tan limpios, educados y ordenados que sentimos que, si a ellos se les escapa algo de las manos, nosotros podemos saltar por los aires.

Yo siempre he estado más cerca de las posturas antinucleares que de quienes las defendían, aunque es verdad que tampoco puedo ofrecer concienzudos análisis ni multitud de datos objetivos para defender mi postura. Simplemente, me siento más representada por Greenpeace que por Endesa.

Tengo unas compañeras de trabajo a las que en diferentes ocasiones llevaron a visitar centrales nucleares para convencerles de su benevolencia. Y desde luego la excursión daba resultados porque volvían defendiéndolas como si tuvieran acciones en ellas. Entonces yo sólo podía bromear y recordarles el pez de tres ojos de los Simpsons. Ese que, como todo siga así, tendremos en nuestra mesa dentro de no mucho tiempo.

El problema para los ciudadanos profanos en la materia como yo es poder formarse una opinión seria escuchando a los que se hacen llamar expertos. El primer día del terremoto de Japón, todos los técnicos nucleares que veíamos en la televisión garantizaban que no habría ningún problema, y sin embargo hoy sólo hay que echar un vistazo para saber que algún pequeño problema sí ha surgido. Y tampoco podemos creernos los argumentos de algunos de los defensores de este tipo de energía, como por ejemplo Merkel en Alemania, que ha corrido a cerrar varias de las centrales del país al conocer la magnitud del desastre japonés. ¿Es que esas centrales nucleares son hoy más inseguras que ayer que las defendías? En España también vamos a revisar nuestros sistemas de seguridad y en Francia ya han pedido a sus compatriotas que no se acerquen al peligro e incluso abandonen el país. Sí señor, todo decisiones muy meditadas y coherentes con su postura tradicional.

Y luego están los japoneses. Esos seres a los que miramos con los ojos abiertos y de los que conocemos poco más que Oliver y Benji, la electrónica, el sumo, los dibujos manga y los váteres con millones de botones. Desde luego, tenemos que aplaudirles por su compostura ante la tragedia. No estamos acostumbrados a ver a ciudadanos haciendo cola en los supermercados en vez de arrasarlos como si no hubiera mañana o manteniendo la calma ante las continuas réplicas del terremoto. Un español que vive en el país contaba el otro día cómo paseaban los japoneses por la calle después del primer seismo con cara de que nada hubiera pasado y con su mochila de emergencias a la espalda.

Sin embargo, no podemos dejar de sentir extrañeza ante tanta educación y nos falta gente pidiendo explicaciones por la poca información que les da su Gobierno o alguna muestra de pesar por los miles de fallecidos. El ideal parece que sería un híbrido con ojos rasgados y pelo rizado que mantuviera la calma pero escuchara a su corazón, que no saqueara las tiendas de su ciudad pero llorara por sus vecinos.

Sea lo que sea y pase lo que pase, hoy todos nos sentimos japoneses igual que nos deberíamos seguir sintiendo haitianos, indonesios o chilenos.

[p_PalC]

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1 Response so far »

  1. 1

    Paquiño said,

    ¿Nos “sentimos” japoneses? ¿Y “deberíamos” (?) “sentirnos” haitianos, indonesios o chilenos?
    Quizá sentirse español ya sea suficiente calamidad. Sobre todo ahora que estamos en guerra, y tan contentos, que no pasa nada.
    Creo que no es cuestión de sentir sino de pensar racionalmente. En ser solidarios, por ejemplo.
    Un saludo.


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